LOS ANDRADES (Por Carmen Millán)
 


Pienso, que cuando tienes una gran pasión en la vida, a menos que sea tu trabajo, por más que te dediques a ella no esperas que tengan que premiarte por ello porque, para ti, esa dedicación resulta tan natural como respirar o moverte.
Y es esto, a mi entender lo que les ocurre a Basilio, pepe, Manuel, Ángel Juan Andrade.
Su pasión por el Carnaval va más allá de modas, de estados de ánimo, de salud y por supuesto, más allá del tiempo.
Quizás sea esa naturalidad con que lo viven lo que les hace no creerse merecedores de nada y por eso, tan entrañablemente diferentes.
El entusiasmo que ponen aún en los malos momentos, como este año le ha ocurrido a basilio, ese entusiasmo es único.
Tan fuerte que a veces, puedo asegurar, ha rendido a más de un joven que hemos compartido ratos con ellos.
Han sabido, y eso es lo que más admiro, conservar esa pasión durante años y han vuelto a vivirla y disfrutarla con nosotros como uno más... nada menos.
Con nosotros, sí pero de otra manera.
No han tenido, a diferencia nuestra, que saber de Cádiz más que nadie. Ni formar parte de un bando para entrar en ridículas polémicas. Ellos, con la sabiduría que dan los años, oyen, disfrutan y se olvidan...
Sus autores están aquí, entre amigos, nietos sobrinos... Su gente.
Una gente a la que anima y hasta me atrevo a decir que riñen cuando saben que no salen algún año. No les valen las excusas. ¿Existe alguna para ellos?.
Para eso, para escuchar a sus autores nunca faltarán a los ensayos generales del colegio. Ese es un gran teatro.
Cuanto les envidio la habilidad de prepararse un disfraz poco más que con uno antiguo reciclado, una peluca, dos coloretes pintados... y todo el arte del mundo
En eso, ya quisiera yo haberles ganado.
Ojalá que a nosotros, aprendices de carnavaleros que creímos allá por los ochenta que estábamos inventando algo, no se nos olvide nunca que contamos todavía con cinco maestros, historia viva para admirar y consultar.
Siempre están ahí, me consta, pendientes y dispuestos a ayudarnos, compartir, enseñarnos... y sin creer merecer nada a cambio.
Es curioso, las mayores lecciones de humildad vienen dadas, casi siempre, por los más grandes.